La creatividad tenía mechero
Ideas enormes a las once, proyectos algo más pequeños por la mañana. El porro no escribía la obra, pero sabía presentar el tráiler.
Ideas enormes a las once, proyectos algo más pequeños por la mañana. El porro no escribía la obra, pero sabía presentar el tráiler.

Había webs enteras, canvas y brainstormings en las aplicaciones que usaba a diario. También folios con esquemas a lápiz, conexiones y recorridos. Podía estar todo muy elaborado y seguir costándome ponerlo delante de alguien.
Al volver al proyecto encontraba otra pantalla que afinar, una conexión pendiente, algo que todavía necesitaba explicar. Yo entendía el conjunto. Para que otro lo viera, tenía que acompañarlo por cada recodo.
No faltaba trabajo. Me costaba decidir qué versión era suficiente para salir.
Quien ha creado fumando conoce esa sensación. La música se abre, las asociaciones corren, una frase parece llevar veinte años esperando y el proyecto ya existe durante unos minutos con presupuesto, cartel y entrevista retrospectiva. No es mentira. La experiencia subjetiva sucede.
Otra cosa es que el proyecto haya sucedido.
Durante mucho tiempo mezclé trabajo creativo y cannabis. Escribía, imaginaba campañas, empezaba libros, diseñaba mundos. A veces salían cosas buenas. Sería absurdo atribuir cada acierto a la abstinencia y cada idea al humo. También sería cómodo regalarle al porro la autoría de todo lo que hice mientras estaba presente.
El mechero acudía a muchas reuniones. No por eso era director creativo.
Hay un viejo prestigio contracultural alrededor de esta relación. Música, cine, literatura, diseño: el artista que altera la conciencia para encontrar una puerta que los demás no ven. La historia contiene puertas reales y obras magníficas. También contiene mucha gente mirando un pomo durante tres horas.
La pregunta interesante no es si el cannabis hace creativo o destruye la creatividad. Es demasiado grande y demasiado aburrida. Conviene separar al menos cuatro cosas: tener una idea, sentir que es extraordinaria, saber juzgarla y sentarse al día siguiente a convertirla en algo.
La idea podía volar.
El archivo seguía llamándose “definitivo_2_ahora_si”.
Algunos estudios ponen una cuña entre sensación y resultado. Personas que habían usado cannabis valoraron las ideas —propias y ajenas— como más creativas, pero evaluadores independientes no vieron una mejora equivalente. La idea puede parecer mejor de verdad: quizá lo que cambia es el crítico interior, que esa noche ha decidido poner cinco estrellas.
Otros trabajos no encuentran una mejora clara y apuntan que parte de la asociación puede venir de la persona: curiosidad, imaginación y gusto por lo nuevo. Tener muchos libros en casa tampoco demuestra que la estantería los haya escrito. Los detalles del laboratorio esperan abajo; aquí basta con desmontar, con educación, la frase «cuanto más, más lejos».
La cultura confundió a veces compañía con causa.
Y, aun así, algo puede estar ocurriendo. Al cambiar la atención, el ánimo o la forma de valorar, aparecen combinaciones que en otro estado no habrías permitido. Algunas merecerán sobrevivir. Otras eran una lámpara hecha con un colador y una teoría económica sobre los chiringuitos.

Con los encargos había una fecha y alguien esperando. En los proyectos propios podía seguir añadiendo capas. La posibilidad de mejorarlos un poco más me permitía aplazar el momento de probar si se entendían.
Elegir, descartar, revisar y aceptar que alguien no vea lo mismo que tú también forman parte del trabajo. A veces la dificultad estaba ahí, después de haber hecho mucho.
El cannabis puede formar parte de una vida creativa. La cuestión es qué papel ocupa. Puede ser una interrupción, un ritual, una manera de aflojar el juicio, una fuente de asociaciones, un premio o la señal de que la jornada ha terminado. Si aparece antes de cada frase, además se convierte en portero: la creatividad empieza a creer que necesita su permiso para entrar.
Entonces el miedo no es perder el porro. Es perder la puerta.
Por eso algunas personas, al dejarlo un tiempo, sienten al principio que no tienen ideas o que todo resulta plano. Puede haber sueño alterado, irritabilidad, hábito, expectativa y la ausencia de un ritual muy ensayado. No demuestra que la creatividad se haya marchado. Quizá solo ha llegado sin luces de estreno.
También ocurre lo contrario: alguien fuma, trabaja y entrega. Nadie necesita requisarle la obra para defender una tesis. La mirada adulta consiste en no convertir la excepción personal en ley universal ni el resultado medio en biografía obligatoria.
Yo no quiero borrar las noches de música, las conversaciones ni las ideas que llegaron con humo. Algunas fueron buenas. Otras me quisieron vender un ático sin ascensor. Todas forman parte de la historia.
Una idea puede pasar veinticuatro horas sin humo. Si por la mañana todavía pide que la hagas, quizá era una idea y no solo un estreno con una iluminación magnífica. Conviene recordar quién se quedó a recoger.
Quizá el porro encendía la sala.
La obra seguía necesitando a alguien que pagara la luz.
Ensayo personal apoyado en estudios que separan creatividad percibida, desempeño en tareas concretas y diferencias de personalidad. No convierte una prueba de laboratorio en veredicto sobre el arte ni atribuye causalidad a una asociación.
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