El porro también fuma tabaco
Aprendimos con hachís, llegó la marihuana y el tabaco se quedó dentro. Ahora no siempre sabemos cuál de los dos llama a las diez.
Aprendimos con hachís, llegó la marihuana y el tabaco se quedó dentro. Ahora no siempre sabemos cuál de los dos llama a las diez.

Conozco a bastante gente que no fuma tabaco. Solo lo compra, lo desmenuza, lo mete en un papel y lo inhala varias veces al día. Pero tabaco no fuma. Fuma porros.
La nicotina, que siempre ha tenido buen olfato comercial, nunca vio necesario corregirles.
Lo fuimos echando del despacho, del bar y del coche familiar. Dentro del porro, en cambio, siguió entrando de incógnito. En España el tabaco desaparece en cuanto toca el papel. El cuerpo tiene bastante menos talento para el eufemismo.
La enorme mayoría de quienes consumían cannabis en España lo mezclaba con tabaco. No era una rareza, sino costumbre europea. En buena parte de América, un joint suele ser marihuana sola. Llevamos años usando la misma palabra para fumar objetos distintos.
Nosotros aprendimos con hachís marroquí. Era barato, aparecía por todas partes y necesitaba algo que lo sostuviera y ardiera. El tabaco hacía de base, de medida y de logística. Un cigarrillo era prácticamente un utensilio de cocina.
No recuerdo grandes debates sobre nicotina. Se discutía si aquello era polen, doble cero o una baldosa con pasaporte. El tabaco figuraba como figuraba el papel: material de montaje. Nadie decía que fumaba un folio; tampoco decía que fumaba tabaco.
Así se hizo el porrito español: poco hachís, bastante tabaco y una capacidad extraordinaria para convertir una sobremesa en plan de tarde.
En los noventa el tabaco no estaba solo dentro del porro. Estaba dentro de todo. En el coche familiar los adultos fumaban delante, los niños viajaban detrás y alguien bajaba un centímetro la ventanilla. Nuestro primer sistema de ventilación clínica.
Hoy la escena parece ciencia ficción. El tabaco no cambió; cambió lo que aceptábamos sin verlo. Lo sacamos del coche y del bar antes que del canuto. La memoria conserva la canción y borra la peste, pero el jersey del día siguiente declaraba por su cuenta. Queríamos a aquella gente, aquella música y aquella libertad. No hace falta querer también el cenicero.

Después llegó la marihuana cultivada aquí. Aprendimos a secarla, a seleccionar genéticas y a discutir terpenos con una seriedad que no habíamos dedicado a muchas asignaturas del instituto. Cambió la flor. La receta sobrevivió.
Seguimos rellenando el papel como cuando el protagonista era una piedra de hachís: para que ardiera, para gastar menos, para rebajar una flor más potente y, muchas veces, porque un porro era eso. La tradición también hace farmacología, aunque no presente memoria de cálculo.
Y estaba la sensación. Una calada de bong con flor sola podía entrar como un portazo. El porrito con tabaco parecía más despierto, más dosificable, dispuesto a acompañar el café, la sobremesa y otra vuelta. El bong era un acontecimiento. El porrito podía convertirse en hilo musical.
La nicotina llega deprisa y puede añadir estimulación, aunque «a mí me espabila» describe una experiencia, no una ley. En nuestro grupo la mezcla se percibía como más suave y permitía alargar el rato. Esa percepción no decía cuánto THC o nicotina estábamos tomando ni qué riesgos había.
Yo también pasé años pensando que tenía un solo hábito porque todo cabía dentro del mismo papel. El cannabis llevaba el nombre, el aroma y la conversación. El tabaco iba debajo, trabajando. El agua del café aún no hervía y las manos ya habían encontrado el mechero; la decisión llegaba después del humo, con una puntualidad bastante decorativa.
Una parte de aquella llamada podía venir de la nicotina. No era una dependencia falsa, sino mezclada y mal nombrada. El huésped bajaba el volumen del timbre que él mismo acababa de tocar.
Esto importa cuando alguien decide parar, cuando no piensa hacerlo ni de broma o cuando convive con quien fuma y conoce el horario sin mirar el reloj. Entender la mezcla no exige hacerse socio de la abstinencia.
Hay quien deja los porros y continúa fumando tabaco. Ha apartado el cannabis, pero conserva nicotina y gesto: no ha hecho mal la pausa, ha tomado una decisión concreta. Y hay quien deja las dos sin saber que estaba dejando dos. Protestan la nicotina, el cannabis y la coreografía; el cuerpo no manda facturas separadas.
Eso no vuelve al tabaco culpable de todo ni al cannabis inocuo. El dato útil es doméstico: si los porros llevaban tabaco, preparar una pausa para una sola sustancia puede dejar media noche sin preparar. No hay una secuencia universal; sí ayuda saber quién viaja en el papel.
Entonces aparece el vaporizador. Primero llegó el Volcano, aquella cafetera berlinesa que convertía el salón en laboratorio. Después adelgazó hasta caber en el bolsillo.
Separar tabaco y evitar humo puede reducir riesgos; no convierte el vapo en aire de montaña con USB. Para quitar tabaco, retirarlo importa. Para evitar combustión, no quemar importa. Para dejar cannabis, seguir vaporizándolo no es dejarlo. La máquina responde una pregunta; no ha leído necesariamente la otra.
No quiero reescribir aquellas sobremesas como una campaña sanitaria. Hubo amistad, música y la sensación de abrir una puerta que no salía en el plano. También había nicotina. Las dos cosas caben en la memoria sin expulsarse del bar.
Lo que no hace falta es conservar la receta por lealtad generacional. Haber aprendido con hachís no obliga a pasar otros treinta años fumando como si aún hubiera que deshacer una piedra sobre un cigarrillo.
Cannabis.
Nicotina.
Ritual.
Durante años las tres cosas respondieron al mismo nombre. Separarlas no dicta lo que nadie debe hacer; devuelve algo de verdad a la conversación.
Si preparas una pausa, saber si tus porros llevaban tabaco ayuda a no atribuir cada incomodidad al cannabis. Y si después eliges reducir, puedes revisar también esa mezcla. Son decisiones relacionadas, pero no tienen que resolverse todas con el mismo gesto.
Texto personal apoyado en memoria propia y fuentes públicas. Las imágenes parten del archivo personal de Albert de los primeros noventa y han sido intervenidas editorialmente: se han ampliado escenas, recompuesto personajes y añadido un pequeño detalle ALO. No son documentos históricos intactos. El artículo no determina qué parte de una experiencia individual corresponde a cada sustancia ni sustituye apoyo sanitario para dejar nicotina. Si encuentras un dato que conviene corregir, puedes escribir a ALO.
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