Cuaderno de Albert

Barcelona y sus flores

De la plaça del Pi a la carta de porcentajes: todo el mundo tiene una versión. La planta sigue sin caber en una sola.

Albert Miraflor · · Memoria · 8 min

Cuatro amigos adultos miran una escena fuera de campo en un chiringuito de la Barceloneta a principios de los noventa
RECREACIÓN EDITORIAL · escena reconstruida

En Barcelona cada cual está rodando su película con la misma planta.

Las asociaciones históricas hablan de derechos y autoconsumo; algunos locales, de carta bonita y membresía rápida. La policía mira naves, las eléctricas miran contadores con vida interior y el socio pide «algo de treinta» como quien compara megapíxeles. El vecino solo quiere que el rellano deje de oler.

Las mafias ya no caben en el Fiat: tienen logística y clientes al otro lado de la frontera. Conviene no llamar contracultura a todo lo que lleva una lámpara.

Cada película contiene un trozo de verdad. El problema empieza cuando una exige que las demás sean ficción.

Yo entré en una asociación a por un porro. Uno. Luz indirecta, sofá escandinavo y una carta con porcentajes. Parecía un restaurante moderno; solo faltaban el maridaje y que alguien dijera «producto de proximidad».

Me hizo gracia. Y un poco de vértigo. En mi adolescencia fumábamos sobre todo hachís. La marihuana cultivada aquí aparecía poco y a veces llegaba verde, mal secada y con más entusiasmo que método. Treinta años después podía pedir la cantidad justa y leer una analítica. Nosotros tampoco estábamos igual de frescos.

Nací en Barcelona en el 76. No soy portavoz del sector: más bien una pequeña reliquia que vio cómo una costumbre se convertía en cultura, industria y problema público. A los 16 no tenía nombre. Parecía el verano.

Cuando la marihuana era una aparición

En 1992 el hachís lo ocupaba casi todo. Cobi sonreía desde las farolas, la Barceloneta perdía sus merenderos y nosotros vivíamos en una España: analógica, algo torcida y convencida de que el verano podía durar. Todo el mundo sabía que la marihuana colocaba; lo raro era verla.

La primera vez que la vi de verdad fue cerca de Besalú, en una masía donde el padre de un amigo cultivaba con ayuda de un pagès que sabía lo que hacía. No era el origen secreto de una industria. Era un adolescente viendo por primera vez algo que en Barcelona casi nunca veía.

Fuera de lugares así, plantar era cosa de alguien con terreno, paciencia o un amigo hippie alemán. Nosotros teníamos un Fiat y pronto peregrinamos a Ámsterdam a buscar semillas. No había tiendas online ni un tutorial detrás de cada duda.

Tres amigos adultos cargan un colchón en un Fiat Uno blanco con matrícula de Barcelona junto a un chiringuito en 1992
RECREACIÓN EDITORIAL · escena reconstruida

Yo tenía 16 años. La yerba cambiaba de manos y las mías no estaban precisamente en los bolsillos. Aprendimos a cultivar con la Biblia de Jorge Cervantes; lo de «Biblia» describe mejor nuestra fe que los resultados. Alguna cosecha acabó húmeda dentro de bolsas negras. No era guerrilla. Era no tener ni idea.

Recuerdo cruzar la Meridiana en el Fiat con una tranquilidad que hoy me parece de ciencia ficción. En mi memoria la policía atendía amenazas bastante más serias y el maletero era un asunto menor. Puede que haya juntado dos viajes: la adolescencia también montaba sus propias películas. Aquello dio historias. Medallas, ninguna.

La historia, sin embargo, no cabía en nuestro maletero. Con 15 años yo ya me asomaba a la plaça del Pi. Makoki mezclaba cómics, prensa underground y conversaciones capaces de declarar una guerrilla cultural sin cancelar el vermut. De aquel ambiente salió ARSEC y una pregunta que aún no hemos resuelto bien: si un adulto consume en privado, ¿cómo se abastece sin volver al mercado negro?

Después llegaron el especial de marihuana de Ajoblanco, Cáñamo, las semillas para «coleccionistas» y los primeros grows. No habíamos pasado de ilegal a legal, sino de clandestino a reconocible. Los quioscos eran internet y el algoritmo llevaba bata azul.

Aquellas tiendas vendían lámparas, sustrato y conocimiento. Mientras la cocina catalana se convertía en laboratorio, miles montaban la primavera dentro de un armario. Aparecieron botánicos domésticos capaces de dar una TED sobre esquejes y mirar por la mirilla cuando aparcaba Fecsa. Hubo autonomía, flores extraordinarias y un negocio que creció antes que la conversación.

La crisis de 2008 añadió otra capa. En algunas casas el cultivo empezó a parecer una forma de completar ingresos. No era toda la escena ni una salida sin riesgos. La historia del cultivo doméstico también tuvo esa parte, distinta del gusto por cuidar una planta.

También viajábamos: Marruecos, México, India. Había curiosidad, amigos y ganas de conocer otras formas de vivir. Al volver seguíamos aprendiendo aquí, entre lecturas, pruebas y gente que sabía cultivar mejor que nosotros.

Una estatua humana azul y una vendedora de tulipanes comparten una calle de Ámsterdam en 1994
RECREACIÓN EDITORIAL · escena reconstruida

Uno. Solo uno

Ahí estaba la idea sencilla del club. Es viernes. Una persona adulta quiere un porro. Uno. No quiere llamar a un vendedor, comprar de más ni dedicar un balcón y cuatro meses a una afición que no ha pedido. No quiere hacer del cultivo otra ocupación.

La idea original era casi aburrida: adultos que ya consumían, grupo cerrado, sin captación ni menores y con un abastecimiento ajustado. Cuando se parece a eso, una asociación puede informar, analizar y evitar parte del mercado clandestino. Hay clubes y grows que intentan sostener ese criterio. No hace falta ponerles aureola; basta con no confundirlos con una fachada.

La frontera aparece cuando alguien no pide un porro, sino mucho. El problema no es su pasaporte; es el margen, que aprende idiomas rapidísimo. Un turista no es una mafia. El negocio empieza cuando el socio se vuelve cliente y los estatutos, posavasos.

Normalizar tampoco es regular. A veces significa entender una práctica y ponerle límites; otras, que el mercado ha encontrado una carta bonita para el mismo problema. Barcelona tiene talento para ambas cosas.

Mientras tanto, la planta cambió de cilindrada. Cuando empecé, lo difícil era encontrar marihuana; después aprendimos a seleccionar, cruzar y concentrar. La potencia empezó a funcionar como los megapíxeles: el número parecía resolver la conversación. Puede venir de una analítica, del departamento de entusiasmo o de ambos. El papel sigue siendo OCB; el porro no es el mismo.

Nosotros tampoco. Pasamos de buscar que pegara a preguntar si nos dejará funcionar mañana. La épica pierde bastante brillo cuando hay una videollamada a las nueve.

Los clubes no inventaron esa demanda, pero tampoco son espectadores. La genética ofrece potencia, la carta la ordena como un podio y nosotros elegimos por número. Pedir algo más suave debería ser tan normal como pedir un café corto; a veces parece que has insultado al abuelo del cultivador.

Mientras discutíamos porcentajes, la escala cambió: naves, violencia, fraude eléctrico y exportación. Hay fachadas que trafican y asociaciones que cargan con la sospecha porque son las que tienen puerta y teléfono. Si regular sirve, debería distinguir y no meter a todo el mundo en el mismo furgón.

La ciudad cambió. La hora, no

Vuelvo a la asociación del principio. Puedo pedir la cantidad justa, preguntar qué contiene y no volver a casa con sobrantes porque el viaje tenía que salir a cuenta. Cuesta bastante más que en mi memoria, pero la memoria nunca pagó salarios, analíticas ni alquiler.

A los 16 tratábamos el secado como un detalle y la ley apenas parecía mirarnos. Hoy encuentro botánicos formados y la cantidad justa dentro de un modelo que nadie explica sin poner cara rara. Barcelona aprendió genética, marketing e inglés para turistas. El porro de la noche sigue llegando a la misma hora.

Un día la guerrilla está en la plaça; al siguiente tiene vitrina y cartela. No siento nostalgia del maletero ni quiero volver a la marihuana húmeda. Echo de menos la ciudad antes de que cada rareza pudiera convertirse en una ruta de fin de semana. Y a aquellos idiotas encantadores que éramos, aunque no les confiaría una cosecha ni las llaves de casa.

Si eres de esa generación, quizá reconozcas parte de esos cambios. En mi caso, lo difícil era mirar una escena mucho más cercana: cómo había ido haciendo sitio a los porros en la vida de casa.

De toda aquella historia me queda una pregunta bastante menos épica: «¿sigo eligiendo o esto ya viene puesto?».

Una noche distinta no borra la historia ni concede una victoria moral. Solo deja que la hora llegue sin guion. La contracultura de ahora quizá sea menos fotogénica: mirar una costumbre querida sin entregársela a la policía, al mercado ni a la nostalgia.

De aquellos años quedan recuerdos que sigo queriendo. También la posibilidad de decidir qué parte me apetece repetir hoy.

Albert Miraflor · Cuaderno de Albert

Texto personal apoyado en memoria propia y fuentes públicas. Albert no habla en nombre de asociaciones, cultivadores, policía ni industria. Las imágenes combinan archivo real de época, fotografías personales intervenidas y ficción editorial; la procedencia se documenta y ninguna reconstrucción se presenta como un documento intacto. Si encuentras un dato que conviene corregir, puedes escribir a ALO.

Fuentes y criterio editorial

Idioma Llengua Language

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