Abre los ojos · Albert Miraflor

El prólogo y el primer capítulo

Trabajaba, cuidaba, cocinaba y cumplía con lo que tocaba. La pregunta sobre los porros podía esperar a otro día.

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Prólogo · Antes de empezar
Capítulo 1 · Todo funciona. Excepto esa pequeña parte en la que no

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Texto completo · dos fragmentos

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Prólogo

Antes de empezar

Aprendí a liar porros con catorce años. A esa edad ya hacía tortillas de patatas muy buenas, huevos fritos con ajitos frescos y pan con tomate. Tenía mano para esas cosas. Con el papel tampoco tardé mucho en aprender el orden.

Con los años las manos ganaron velocidad. Podía liar mientras hablaba por teléfono, buscaba las llaves o revisaba un encargo. A menudo no tenía que prestarles atención.

Durante años fumé como quien coloca signos de puntuación en el día. Uno para arrancar. Otro al terminar algo. Uno para salir a pasear. Otro después de una discusión. Uno para celebrar y otro para que una tarde sin argumento pareciera tenerlo.

Trabajaba, cuidaba, cocinaba y cumplía con lo que tocaba. Eso me servía para dejar la pregunta sobre los porros para otro día.

Hubo muchos parones: de días, de meses, alguna vez de un año o un poco más. También volví a fumar; al retomarlo podía recuperar enseguida el ritmo anterior.

Lo que empecé a mirar fue cuánto había elegido y cuánto daba ya por hecho. Me costaba distinguirlo mientras todo lo demás seguía funcionando.

Fumar me había dado placer, compañía y formas de pasar un rato a solas. También había sido evasión. Necesitaba poder contar todo eso para entender por qué volvía.

Quizá la pregunta que te ha traído aquí sea parecida: ¿sigue encajando en tu vida del modo en que lo usas ahora?

No hace falta resolverla en esta página.

Puedes leer lo que sigue desde tu propio sitio: una tarde en casa, una sobremesa, el rato al acabar de trabajar. Habrá detalles que reconozcas y otros que no tengan nada que ver contigo. Quédate con los que te ayuden a mirar.

Capítulo uno · Todo funciona. Excepto esa pequeña parte en la que no

A partir de las once, cuando los niños dormían y estaba todo hecho, podía irme a caminar. Había cocinado, recogido lo justo, atendido a la ropa y a los deberes. Durante el día siempre quedaba algo; a esa hora, por fin, podía salir sin tener que volver enseguida.

Me llevaba hierba, papel y mechero. Salía solo por la montaña, también de noche y sin luz. Podía pasar tres horas fuera, ir haciéndome varios porros mientras caminaba y volver con seis fumados, completamente anestesiado, para meterme en la cama. No todas las noches eran así de largas. Pero aquel rato, cuando la casa ya no me necesitaba, era mi preferido.

Llevo veinticinco años viviendo en el Pirineo. Durante unos veinte, caminar fue también mi manera de salir a fumar, con muchos parones entre unas épocas y otras. Antes de tener niños fumaba más en casa. Después procuré sacar los porros fuera, y los paseos me venían muy bien para eso.

Me gustaba caminar. Había cuestas que podía estar subiendo más de una hora, caminos a mil quinientos o dos mil metros. Me decía que andando la sangre corría mejor por la cabeza. Hacía bastante ejercicio, con el peta en la boca.

Lo del tabaco lo tenía explicado también: no fumaba cigarrillos. El que ponía en los porros era una especie de condimento, para que la hierba quemase bien, durase más y no picase tanto. Así podía seguir diciendo que no fumaba tabaco mientras lo echaba en el papel.

Entre el río, el bosque y los caminos de siempre tenía mi pequeño paraíso. Conocía los rincones, me gustaba estar allí y no tenía que atender a nadie. También era una excusa estupenda para alargar la salida y hacerme otro. Podía seguir pensando en trabajo, tareas y conversaciones durante horas, incluso en aquello de lo que había salido para descansar.

También salía por la tarde, cuando aún quedaban cosas por hacer en casa. Podía llegar bastante fumado y ponerme enseguida a cocinar para todos, recoger un poco, ocuparme de lo que tocara. No me quedaba esperando a que se me pasara para volver al trabajo de aquella tarde. Me ponía al trapo.

Por eso me costaba preguntarme si quería seguir fumando así. Si trabajaba, cuidaba a mis hijos, hacía la cena y subía aquellas cuestas, ¿qué problema iba a haber? Desde fuera podía parecer que todo estaba bastante en su sitio. A mí me servía para dejar el asunto para otro día.

Pero bastaba mirar cómo preparaba la salida: antes de ir al bosque, comprobaba que había hierba. El papel y el mechero iban con las cosas para salir. Me gustaba caminar por allí; también contaba con ese rato para fumar y alejarme de todo. Llevaba tanto tiempo haciendo las dos cosas juntas que me costaba imaginar el paseo de otra manera.

Algunas mañanas también fumaba, para empezar el día con más «luz», me decía. La misma costumbre encontraba sitio tanto antes de que empezara la casa como después de que se quedara dormida.

Aquel lugar me hacía bien. Precisamente por eso me costaba mirar lo que había metido dentro del paseo. Siempre podía hablar del bosque.

Cuando intento recordar cómo llegué a organizarme así, el bosque aparece bastante tarde. Antes hubo una casa cerca de Besalú, amigos, viajes y una época en la que todavía no estaba pensando en dejar nada.

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